Hace mucho tiempo, diez Navidades para ser concretos, tuve los Reyes más literarios que recuerdo. Sucedió que entré en una librería –no daré nombres, aunque es de sobras conocida– y comencé a apuntar en una lista todos los títulos que me llamaban la atención. Se contaban por decenas. Pues bien, el día seis de enero me los encontré todos, lo cual, desde luego, anulaba la sorpresa cuando ya iba por el duodécimo paquete que abría. Aún hoy arrastro ciertos títulos pendientes de leer que, con toda probabilidad, se llevarán unos cuantos meses más amarilleando en las estanterías. He de reconocer que no anduve demasiado fino en la elección de mis propias lecturas; se trataban de otros tiempos, era joven e inexperto. En fin.
Intenté leer uno de aquellos títulos cuatro años después de recibirlo como regalo y desistí a las cincuenta o sesenta páginas. Se trataba de El nacimiento de la República Popular de la Antártida, de John Calvin Batchelor. Seis años más tarde, en el presente, lo aceché como un depredador y me dispuse a hincarle el diente, confiando en que esta madurez que me va embargando conseguiría modificar el prisma desde el cual lo había visualizado en su momento. La ilusión me duró sólo cincuenta páginas más que entonces, pero lo terminé por mis santas p*l*tas, después de haber probado a leer este libro en todas las posturas y situaciones imaginables, salvo bajo la ducha, sin lograr cogerle el gusto.

